Vivir en la calle es una de las experiencias más duras y traumáticas a las que una persona puede enfrentarse.

Supone carecer de intimidad, de seguridad y de un espacio propio en el que descansar o custodiar los bienes materiales y emocionales de cada uno. 

Implica desarrollar tu vida completamente a merced de los imprevistos. Tu día depende del calor o el frío que haga. Tu alimentación, de la buena voluntad de los vecinos, de lo cerca o lejos que quede un comedor social y de si hay plaza o no para ese día. Dormir es una aventura condicionada por la lluvia, por los eventos más o menos multitudinarios que organice la ciudad, por el humor de los que salen de fiesta o la consideración y la ideología del concejal o responsable político del momento.

Es fácil comprender por qué NADIE VIVE EN LA CALLE PORQUE QUIERE.

Porque vivir en la calle, además, deteriora la salud, la física y la mental, de forma acelerada. Porque las personas en situación de sinhogarismo viven de media 20 años menos que el resto de sus vecinos y vecinas. 

Porque LA CALLE MATA. No mata el frío, no mata el calor. MATA LA CALLE. Y si nadie debe vivir en la calle, NADIE DEBE MORIR EN LA CALLE.

Cada muerte de una persona provocada de forma directa o indirecta por su situación de calle es un fracaso de todos. A muchos niveles.

A nivel político. Porque son las y los políticos los responsables de impulsar y financiar las políticas y proyectos necesarios para acabar con el sinhogarismo. Empezando por combatir sus causas, demasiado enraizadas en las dinámicas y estructuras sociales.

Un fracaso institucional. Porque son las instituciones y servicios públicos los que han de desplegar modelos de atención que les sean realmente útiles a quienes más los necesitan, que suelen ser los más alejados de los servicios de atención. A pesar de sus esfuerzos. A pesar del compromiso de sus profesionales. 

Un doloroso fracaso para nosotras, las entidades de voluntariado que vemos como algunas de aquellas personas con las que tratamos diariamente se deterioran paulatinamente, sin que seamos capaces de encontrar un camino que motive el cambio necesario para una mejora. 

Y finalmente es un fracaso de toda la ciudadanía. De los vecinos y vecinas que miran para otro lado ante situaciones como las descritas. De aquellos que culpan a las personas sin hogar de su situación, sin conocer las circunstancias de cada persona, sin comprender las causas últimas que abocan a algunas personas a malvivir su vida en las peores circunstancias. Vidas invisibles a la vista de todos. 

Hoy estamos aquí para recordar a Mamadou, un joven sin hogar que falleció el pasado 12 enero en Madrid, en esta misma plaza. Víctima anónima de una ciudad cada día más inhumana y acelerada. 

Queremos hablar de él, decir su nombre, homenajearle, porque nada hay más injusto que una muerte invisible, olvidada incluso antes de producirse. Porque más allá de sus errores, de sus fracasos, de sus buenas o malas decisiones, Mamadou no merecía morir en la calle, sin recuerdos, sin despedidas. 

Como no lo merece ninguna de las personas que cada año fallece en la calle o como consecuencia de verse abocada a vivir en ella.

El primer paso para evitar estas situaciones es hacerlas visibles, hablar de ellas. Sentirlas como propias. Por eso hoy queremos hacer un llamamiento a los poderes públicos, a los servicios de atención, a nuestros vecinos y vecinas para que esta sea la última muerte que tengamos que recordar en la calle. Para que el nombre de Mamadou sea el último de la larga lista de fracasos que tanto daño nos hacen.

Para que el futuro sea que NADIE SIN HOGAR, no sea un lema, sino una realidad.


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