El arquetipo de Robinson Crusoe plantea una forma diferente de entender la situación de calle de las personas sin hogar. Un personaje cuyo proyecto vital naufraga y tiene que rehacer su vida y sobrevivir en una isla que, en contra de lo que se suele creer, no está desierta, sino habitada por una tribu de caníbales con los que, obviamente, es mejor no relacionarse demasiado. Un personaje al que no definimos por sus carencias materiales, sino por sus capacidades y su resiliencia. Un personaje cuyo mayor anhelo no es una buena comida, ni ropa limpia, ni siquiera un techo, sino dejar de estar solo; tener alguien con quien compartir su vida.

Es necesario empezar a ver de esta forma a las personas que están en situación de calle; no sólo su naufragio y sus necesidades evidentes, sino también su capacidad de salir adelante, día a día, a pesar de las circunstancias. Y, sobre todo, tenemos que empezar a ver y comprender su soledad radical y su aislamiento del resto de la sociedad “integrada”. Es necesario comprender que las personas en situación de sinhogarismo no son “otros” sino nosotros mismos con circunstancias y procesos vitales diferentes, fruto en demasiadas ocasiones del azar o de dinámicas sociales centrífugas. Es el único aspecto que no se puede resolver únicamente desde la intervención profesional, ni desde los recursos sociales para personas sin hogar. Es lo que explica la necesidad de un modelo de voluntariado social comprometido, dedicado a construir vínculos relacionales y afectivos desde la igualdad. Establecidos a partir de un principio de vecindad que en ocasiones puede confundirse erróneamente con la amistad, pero que es significativamente diferente, un encuentro entre personas en un espacio común e intercambian conversaciones, anecdotas y maneras de estar de forma mas o menos regular y alejado de la prestación o el intercambio de servicios. Y lo que explica también por qué este modelo de voluntariado social debe ser la base de cualquier estrategia de intervención con personas sin hogar en situación de calle.

Cada persona que hace voluntariado traslada a la persona a la que atiende en la calle la certeza objetiva de su valor. Porque elige hacer voluntariado durante su tiempo de libre disposición; un tiempo, siempre escaso, que se dedica al ocio, a las relaciones familiares y sociales, al descanso… A las cosas que para cada uno de nosotros y nosotras tienen más valor. Y una de esas cosas es estar con quien tiene que vivir en la calle. Y estar con esa persona, no por compasión ni pena, ni por llevar una manta, o ropa, o comida. Sino por empatía, para charlar y para compartir el mismo tiempo y las mismas ganas de estar juntos en igualdad.

Este tipo de relación horizontal entre diferentes, que en nuestra vida cotidiana mantenemos con frecuencia con nuestro entorno, la mayoría de las personas en situación de calle no pueden tenerlas si no es con otras en su misma situación. Ni los trabajadores de la limpieza o del cuidado de parques y jardines, ni los trabajadores de los locales comerciales, ni los vecinos, ni prácticamente nadie, se relaciona desde la igualdad con las personas que duermen en la calle. Tampoco los trabajadores de los recursos sociales. Y mucho menos, la policía.

El voluntariado social sí lo hace. Ese es precisamente su único objetivo manifiesto y la clave de su valor. Y cualquier modelo de intervención, desde el clásico “de escalera”, al “Housing First”, pasando por todos los modelos intermedios como “Housing Led”, plazas de pensión, pisos tutelados, etc., tendría mucho menos éxito sin esa intervención primera e incondicional del voluntariado en calle. Sin ese vínculo que establecen y que facilita que el resto de agentes y especialmente los que constituyen los equipos de calle, también puedan intervenir.

Este voluntariado es fundamental también por lo que aporta al resto de la red de atención y los agentes involucrados en la intervención social. En primer lugar y en tanto que primer referente permite tomar la temperatura a la situación de calle. Detectar cuando hay conflictividad con vecinos, comerciantes o policía y activar los mecanismos adecuados para intervenir, desde un enfoque preventivo y garantista con los derechos de las personas sin hogar, a través de las organizaciones de que forman parte. Sirve nuestra presencia además para conectar la red de atención y sus profesionales con los potenciales usuarios más alejados de los mecanismos habituales de detección e intervención, siendo esta la puerta de entrada de muchas personas sin hogar y el principal cometido del trabajo en red con los diferentes los profesionales y los recursos sociales. Un trabajo en red que debe partir del respeto de cada una de las partes de la autonomía y el papel del otro. El voluntariado se autolimita de forma consciente a su papel de mediador respentado los procesos y pautas de intervención y los profesionales han de respetar el espacio de relación y encuentro del voluntariado sin injerencias ni dirigismos.

Son, los y las voluntarias de este campo excelentes agentes de sensibilización en al menos dos aspectos: Por un lado, su presencia en la calle junto a las personas sin hogar rompe el habitual “muro invisible” que suele rodearlas, haciéndolas presentes en el espacio público y mostrando la radical injusticia de esta vivencia. Por otro lado, su experiencia de proximidad es fundamental en cualquier espacio de formación y divulgación más allá del mundo académico especializado. No olvidemos que la imagen que la sociedad en general tiene de las personas sin hogar en situación de calle se construye a partir de aquellas que están en la peor situación y, generalmente, con una evidente cronificación y deterioro. El mero relato de la experiencia y el punto de vista de un voluntario entre su entorno social ayuda a cambiar la visión estereotipada con la que las personas sin hogar cargan demasiadas veces. Esa experiencia y conocimiento desprejuiciado, basada en la experiencia diaria, es además piedra fundamental de cualquier proceso de mediación en los espacios vecinales y comerciales cuando surgen conflictos y dificultades de convivencia. Una vez mas, es “el igual” el que se dirige a ti, vecino afectado, exponiendo un punto de vista intermedio entre el tuyo y el del falso otro. En este sentido el verdadero éxito de este voluntariado es el de poder transmitir a la población general, alejada de la cotidaneidad de las personas sin hogar, el valor de la solidaridad como principio básico de intervención.

En este sentido, es importante señalar y dar el valor adecuado a las diferencias específicas del voluntariado con personas sin hogar respecto a otros. Es un voluntariado especialmente complejo, comprometido y difícil en tanto que no trabaja con un perfil concreto, ni estático (en la calle encuentran todas las formas de exclusión social en su forma más extrema: mayores, menores, discapacidad, enfermedad mental, adicciones, violencias diversas, etc.) Además, es el único voluntariado que no se realiza en un espacio controlado ni con personas estabilizadas y en tratamiento. Se realiza con personas en situación de calle que, en muchos casos, ni reciben atención específica ni tratamiento y que además rechazan los recursos sociales. Y para terminar, es un voluntariado que tiene que afrontar situaciones de duelo que no se dan en ningún otro voluntariado en tanto que, a menudo, son causadas por la falta de atención adecuada, una agresión, un suicidio, etc. A todo esto, se añade que la actividad se realiza de noche y sometida a las inclemencias climáticas y sin apoyo de los profesionales de la intervención.

Señalamos todo esto porque incide de manera directa en el perfil de las personas voluntarias. Mucho más comprometidas en general, lo que se refleja en periodos de voluntariado mucho más largos de lo habitual, pero también mucho más críticas con su acción de lo que es habitual. Es por lo tanto un voluntariado bastante particular y que responde mucho mejor cuando se le otorga responsabilidad y capacidad de decisión. Y para el que es imprescindible una formación de calidad. La formación es un derecho del voluntariado y también una responsabilidad. Para atender a personas en situación de calle es una necesidad.

En virtud de eso, es importante ofrecer espacios de reflexión y conversación formales e informales, donde socializar las experiencias, opiniones y conocimientos y a partir de todo ello, reflexionar de manera grupal e individual. Es necesario además el apoyo de la red de atención y sus profesionales en los desarrollos formativos y el reconocimiento tanto asociativo como institucional de un modelo de voluntariado que puede llegar a ser incómodo, por crítico, con las propias estructuras que sostienen la propia red de atención.


Artículo escrito por Enrique Cuesta @PumukiMolesta de Acción en Red Madrid y Jesús Sandín de Solidarios. Publicado en la revista de la Federación Europea de Organizaciones que trabajan con Personas sin Hogar FEANTSA.

Publicación en inglés aquí.