Por Francisco Castejón
Los prolegómenos
Adaptación, mitigación, prevención son palabras que suenan muy a menudo en la actualidad referidas al cambio climático, lo que viene a mostrar que la especie humana no está haciendo lo suficiente en la lucha contra el calentamiento global y no consigue vivir en el planeta sin perturbarlo seriamente. Ya se admite que vamos a sufrir cierto aumento de temperaturas y se habla de adaptarnos al nuevo clima en el que viviremos, de mitigar ese cambio climático en la medida de lo posible y de prevenir los efectos más negativos.
Los antiguos debates sobre si se está produciendo o no un cambio climático y si este es o no de origen antropogénico están ya clarificados: sí y sí. Estamos viviendo un cambio climático provocado, sobre todo, por la quema de combustibles fósiles. El avance de la ciencia ha sido lento, por la dificultad del desafío, pero también porque ha tenido que luchar contra enormes intereses de agentes muy poderosos que han hecho todo lo posible por entorpecer esos avances. Se llegó hasta el caso de que las grandes corporaciones petroleras pagaran a científicos para embarrar el debate y que hubiera así “visiones diferentes” y “opiniones diversas” en el mundo académico sobre el calentamiento global. Hoy no solo se conoce ese juego sucio, sino que también sabemos mucho de la dinámica del clima y los modelos climáticos permiten conocer con bastante exactitud lo que ocurrirá si no dejamos de emitir gases de efecto invernadero a la atmósfera.
Pero no son necesarios los complejos modelos climáticos para ser conscientes de lo que está ocurriendo. Existen numerosas evidencias experimentales: por ejemplo, según los informes del IPCC, 2023, 2024 y 2025 son los años más calientes desde que se miden las temperaturas. En 2023 se superó en varias ocasiones el aumento de 1,5º que se había fijado como límite en la Cumbre de París de 2015 para 2100. Dicho límite es precautorio y se fijó en 2º el aumento máximo de temperatura a partir del cual se van a disparar fenómenos catastróficos irreversibles.
A nivel local, y dando la razón a los modelos climáticos que predicen efectos más intensos en la cuenca mediterránea, hemos experimentado eventos atmosféricos dramáticos, como la DANA del 29 de octubre de 2024 en Valencia, que han generado cientos de víctimas y obligan a replantear el urbanismo y tener finalmente en cuenta la no construcción en zonas inundables, cosa que, por otra parte, deberíamos haber hecho antes. También son un ejemplo dramático los incendios del verano de 2025 en nuestro país.
Las responsabilidades de este aumento de temperaturas corresponden a las personas más ricas del mundo y los efectos negativos los sufren las más pobres. Por países, China se ha situado como el principal emisor de GEI (gases de efecto invernadero) con un 29% de todas las emisiones, modificando radicalmente el panorama de las últimas décadas, seguida de EEUU con un 11%, de India con un 8%, de la UE, que es responsable del 5,95% y de Rusia con un 4,58%. Entre estos países suman casi el 60% de las emisiones con el 46% de la población. Si quitamos a India, tenemos el 51% de las emisiones a cargo del 28% de la población mundial, lo que es manifiestamente injusto. Y la justicia aún es mayor cuando vemos la desigualdad de emisiones entre las diferentes capas sociales dentro de cada país. Pero ese lamentable ranking muestra mejor las responsabilidades si consideramos las emisiones por habitante: si un habitante indio emite 1, un europeo emite 2,4, un chino 3,7, un estadounidense 5 y un ruso 5,1.
Los debates actuales son más perversos aún que los sostenidos en la antesala de previas COPs. Ya no valen las evidencias científicas puestas sobre la mesa pues el negacionismo climático que se está extendiendo cabalgando sobre la ola reaccionaria mundial es también un negacionismo científico. Una parte importante de las élites y de la población no reconoce la ciencia como una fuente de información fiable. Y esto sucede en este como en otros temas.
Desde el “drill, baby drill” de Donal Trump al “eso son estupideces” de Vox pasando por la calificación de econazismo al movimiento que lucha contra el cambio climático y al que, paradójicamente, los líderes del PP culparon de los incendios forestales del verano, son algunos ejemplos. Pero una mayor paradoja es como el pacto PP-Vox que nace de la dimisión de Carlos Mazón por la lamentable gestión de la DANA va a luchar contra el pacto verde, un intento de limitar las emisiones de GEI. Fiel a estas posiciones, Donal Trump sacó a EEUU del acuerdo de París.
De hecho, en EEUU las palabras “cambio climático” han desaparecido de todos los documentos oficiales. Y Donald Trump, al igual que Xi Jinping, Vladimir Putin y la presidenta india Draupadi Murmu no han participado en la COP. Más aún, el gobierno de EEUU no ha enviado a nadie, aunque han acudido a la cumbre algunos alcaldes y gobernadores demócratas. Pero estos no tienen autoridad para firmar ningún acuerdo internacional. La UE, a pesar de contar con un gobierno de derechas, ha enviado a altos representantes: la presidenta de la Comisión y el presidente del Consejo. Además de algunos mandatarios como Pedro Sánchez o Enmanuel Macrón. Pero la UE tampoco cuenta con un consenso interno lo suficientemente sólido y los acuerdos en su seno alcanzadas adolecen de algunas debilidades como la posibilidad de compensar emisiones de GEI, lo que no obliga a reducir estas emisiones.
Lo cierto es que sin el compromiso de los principales emisores, es difícil esperar buenas noticias. Todo este panorama no resulta prometedor. Antonio Guterres, Secretario General de la ONU, calificó de “fracaso moral y negligencia mortal” la incapacidad para acabar con esta amenaza.
El resultado de la COP30
El resultado final es decepcionante, como no podía ser de otra manera en concordancia la situación descrita. El acuerdo final no contempla, en contra de las propuestas iniciales, una hoja de ruta para el abandono de la quema de combustibles fósiles, lo que sería prioritario para luchar contra el cambio climático. De hecho, ni siquiera aparecen las palabras “combustibles fósiles” ni ninguno de sus sinónimos en el acuerdo. Sí que se acordó una serie de indicadores para medir los esfuerzos de adaptación al cambio climático, lo que al menos facilita el seguimiento de los impactos de este y de la eficacia de las políticas de reducción de emisiones que se realicen en el mundo. Pero hemos visto que en otras cumbres la discusión se centraba más en esas políticas, es decir, en las medidas que se iban a tomar para reducir la dependencia de combustibles fósiles y en la fecha en que estos se iban a abandonar definitivamente.
A pesar de no citar la causa principal del cambio climático, el acuerdo sí que lo reconoce como “una preocupación común para la humanidad” y se reafirma en el compromiso de los países firmantes del Acuerdo de París según el cual la temperatura no debe aumentar más de 1,5º en 2100. Cabe preguntarse, sin embargo, como se pretende conseguir este objetivo, si no eliminamos o, al menos, reducimos, nuestra dependencia de los combustibles fósiles.
En el capítulo de la financiación, se mantiene el acuerdo alcanzado en la COP29 según el cual se “urge” a los países firmantes a triplicar la financiación y alcanzar los 300.000 millones de dólares para la adaptación al cambio climático. Sí, así de etéreo. También se establecen mecanismos de transición justa que tengan en cuenta las necesidades de los trabajadores afectados por la transición energética.
Ante la insuficiencia de lo acordado y viendo que no se mencionaban los combustibles fósiles, más de 20 países, casi todos con gobiernos de izquierda como Chile, España, Colombia o México, se han comprometido a adoptar políticas para abandonar los combustibles fósiles. Este grupo de países celebrará una cumbre en Colombia para avanzar en estos compromisos. De nuevo el mundo se divide y la lucha contra el cambio climático se produce a dos velocidades. Los países que avancen en las medidas y desarrollos técnicos que faciliten la transición energética se colocarán en una posición ventajosa también desde el punto de vista económico. Y en este mundo donde el beneficio es uno de los motores, esto podría permitir avanzar en ese sentido. El hecho de que más del 90% de la potencia eléctrica instalada en el mundo en 2024 sea renovable es un indicador de que las ventajas de las energías renovables, de las nuevas tecnologías asociadas y de los nuevos modelos sociales que posibilitan, generan un crecimiento de estas tecnologías en el mundo. A pesar de los mensajes de Donald Trump, las renovables son también la principal potencia instalada en EEUU durante el primer semestre de este año. Asimismo, España y Portugal disfrutan a menudo de unos de los precios de la electricidad más bajos de Europa gracias al despliegue de renovables. Claro que todos estos esfuerzos no son aún suficientes.
El resultado es que se ha producido una COP sin compromisos concretos de reducción de emisiones de GEI, y el tiempo va pasando y las posibilidades de mantener el aumento de temperaturas en unos valores razonables se van reduciendo. Cuanto más se tarde en tomar medidas efectivas para reducir las emisiones de GEI, más concentración de estos gases habrá en la atmósfera y más difícil será reducir el efecto invernadero.
La falta de políticas concretas y de calendarios de reducciones va acompañada del aumento de las posiciones negacionistas que se niegan a aceptar las evidencias científicas. Sin embargo, todo esto no debe inducirnos a la parálisis, sino al contrario. La defensa de un planeta en el que podamos vivir sin la amenaza climática, el impulso a movimientos sociales y políticos que vayan en esta dirección, debe ser uno de los objetivos de nuestras acciones. La existencia del cambio climático se ha convertido en una nueva batalla cultural, en la que debemos participar. Poner en valor las ventajas que tiene la reducción de emisiones es un instrumento de primer orden: respeto del medio ambiente, creación de comunidades energéticas, generación distribuida que permite explotaciones de menor tamaño,… No es la realización de una utopía social, pero es un avance respecto a lo que tenemos hoy.
Este artículo se publicó en el número Berrituz de enero 2026

